El Juego Interno lo es todo.
Autoestima, seguridad, visión positiva del mundo… De este conjunto bien enfocado puede extrapolarse un Marco auténtico capaz de transmitir, a través de una personalidad magnética y carismática, una realidad poderosa artífice de nuestros éxitos. Todo lo demás son detalles.
Creo firmemente que el mundo es reflejo directo de nuestra realidad interna, en el juego de marcos y el abrumador y a menudo desdeñado poder la intención. Así, mi visión de la seducción es muy filosófica y natural, aunque en mi estilo directo de propia configuración a menudo disfruto describiendo aspectos muy técnicos.

Para ser un poco más libre. Para cautivar al mundo y dejarse seducir por él.
Yo no soy un seductor. Sólo soy un tipo que ama a las mujeres…


jueves, 20 de noviembre de 2008

Autoadoración

.
AUTOADORACIÓN
Henky El Francotirador

.

Era la noche de Halloween y mi cuerpo exhausto suplicaba ser entregado al abrazo del sueño reparador.
Haciendo un esfuerzo por alejar de mi cabeza las narcóticas garras del adormecimiento, me incorporé frente al espejo decidido, pese a todo, a salir de casa para disfrutar de la verbena que aquella noche pretendía augurar. Los músculos de mis piernas, entumecidos y congestionados por el entrenamiento de aquel día, protestaron reclamando cual tirano las horas de letargo que los repararía.
No. Había prometido a Cyberian que iría con él a una sala que me entusiasma, mi templo particular…

Ya allí, observaba aún presa de la lasitud como mi amigo desplegaba su Juego alegre, festivo y risueño por toda la sala, cautivándola con su actitud exaltada, jovial y, al mismo tiempo, peligrosamente dotada por una intencionalidad seductora tan magnética como eficaz.
Mi proceder, no obstante, es otro muy distinto. Resulta curioso porque, minutos antes, ambos habíamos disfrutado de un breve debate con nuestro compañero Bufón a este mismo respecto: Ya no realizo juego de sala, decantándome por aguardar a que ELLA, aquella que llama mi atención entre todas las demás, la que verdaderamente me atraiga, haga aparición. Y así fue…
Se trataba de una pequeña preciosidad de cabellos castaños enfundada en un sencillo vestido rosa generosamente escotado, que mostraba unas llamativas redondeces decoradas con purpurina –como parte de un improvisado disfraz de hada– en atractivo contraste a la delgadez de su delicado cuerpecito. Ella, bailaba animadamente junto a sus amigas y amigos, seis en total, ofreciendo al mundo una preciosa sonrisa que en ningún momento de la noche dejó de brillar.

Espléndido. Aquella muchachita –más adelante comprobaría que era mayor que yo– logró despertar en mí los bríos del Juego, que comenzaron a revolotear en mi estómago espoleándome a la acción como una inyección de entusiasmo bastante instintivo.
Pese a que la fatiga limita enormemente mi acometividad y arresto seductor, el momento que describo es el que más disfruto (debo sentirlo para pensar que una apertura merece la pena), y los gestos alegres y a la vez imbuidos por la prudencia de la timidez que aquella chica mostraba encerraba la promesa de un carácter enternecedor, ¿qué mas cosas guardaría solo para los osados? En cuanto al contoneo enajenador de aquel cuerpo curvilíneo…
En aquel momento, sus dos amigas fueron interceptadas por Cyberian y su compañero mientras cruzaban la pisa de baile, quedándose ella inmóvil e indecisa, momentáneamente fuera de la interacción ¡Qué oportuno!

  • “Jajaja, te has quedado paralizada” No recuerdo cual fue el comentario situacional, pero hacía referencia su cómico estado de no saber qué hacer.
    Yo observaba a mis compañeros, dispuesto de tal manera que ofrecía únicamente mi hombro en lugar de hablar de frente; las posturas evasivas son muy poderosas y yo las uso a conciencia. Ella respondió divertida, aunque sobresaltada por mi súbita aparición; empezó a describirme cómo sus amigas habían sido repentinamente asaltadas y capturadas por la desenfadada conversación de mi amigo Cyberian y su secuaz…
  • “¿Sabes? Eres preciosa. Me apetece charlar un rato contigo…” La interrumpí súbitamente girándome hacia ella. Me regaló una sonrisa sorprendida, un tímido gracias y pude observar entonces el magnífico brillo que desprendían sus ojillos. Aunque azorada y asustadiza, ese barniz albergaba un resquicio juguetón. Una combinación más que excitante… Chack, chack, chack, ¿oís el sonido de los engranajes? Comienza el Juego y La Ruega de Henky empieza a girar.

Disfruté enormemente de aquella interacción, dejándome fascinar por esa chica mientras, por otro lado, iba accionando de forma sistemática los distintos recursos cuidadosamente escogidos. A medida que iba pulsando y reorganizando las sutiles hebras que confeccionan lo que yo llamo el Juego de Marcos, jugueteaba con las adictivas virtudes de una tensión sexual cada vez más insostenible deleitándome con cada característica que me permitiera Cualificar de forma completamente genuina.

  • “¡Qué astuta! Eres una seductora y me has seducido” Hace apenas unos meses, aquella chica tan encantadora había abandonado una relación de siete años, sintiéndose según decía, torpe e impresionable en cuanto a las relaciones hombre-mujer se refiere.
  • “Eres tú, que te dejas seducir” Su respuesta, armada con una cadencia acariciante en esa voz llena de picardía, me encantó. Si, eso es justo lo que hago, dejarme seducir en un proceso de cautivación completamente recíproco (Sedúcete a ti mismo y Déjate Seducir).

No es mi intención describir todo el coloquio (lamento si en algún momento habéis pensado que esto era un reporte de campo).
Aquella seducción estuvo muy lejos de ser fácil y, sin embargo, me permití saborearla casi tanto como los besos de aquella preciosidad, o los delirantes placeres que compartimos esa misma noche, empapados en una sensual vorágine de voluptuosidad salpicada por una extensa colección de parvas resistencias muchísimo más excitantes que desalentadoras.

Una apertura, un cierre… Y un fiuno.

A la mañana siguiente, recibí la llamada de una de mis más bellas REM, una pequeña chica de imagen de cabellos dorados cuya cuidadosa atención por los detalles estéticos y gusto por la ropa descaradamente corta y ajustada la convierte probablemente en una de las chicas más voluptuosas y sugerentes con las que haya tenido el placer de retozar.
Esta, me invitó a merendar en la comodidad de su casa, arropándonos mutuamente en un mullido sofá cama…
Del mismo modo, la tarde del día siguiente la dediqué a una segunda REM, también armada con esos exuberantes reclamos que nos enloquecen, curvas y redondeces, que además cuenta con una personalidad tan tierna y entrañable que logra derretirte.
Ya de regreso a casa el domingo por la noche, demasiado tarde si no estuviera libre de responsabilidades académicas el primer día de la semana que ya despuntaba con su lunes amenazador, tuve la necesidad de pararme a pensar sobre las últimas 72 horas en particular, y sobre la vida que estoy llevando en general.

Si hace algo más de un año me hubieran hablado de mi situación actual, no habría creído la natural indiferencia que muestro hacia este estilo de vida al que parezco haberme acostumbrado. Estoy yaciendo con chicas MUY ATRACTIVAS que me adoran, y cada salida nocturna a buen seguro augura un nuevo cierre.
Me sentí repentinamente embargado por los regalos del ego. Atractivo, deseado, endiosado y tremendamente orgulloso, y entonces la vi, fui testigo de su ponzoñosa presencia… ahí estaba la AUTOADORACIÓN.

Lo que voy a expresar a continuación tiene mucho que ver con la insaciable etiqueta egótica que describí en el artículo La Identidad del Seductor, sin embargo, es una forma muy distinta de expresión del ego, más sutil. Aunque logres evitar ajustarte a un papel y no sientas la necesidad de mantenerlo vivo, de cara a la galería y a ti mismo alimentándolo con los pequeños triunfos que perpetúen su sentido de realidad, eso no impide necesariamente que caigas en un entendimiento de idolatría hacia tu propia persona o, más bien, hacia el ego temporal que se cuelgue las medallas de unos determinados logros como lo son hoy en día acostarse con una mujer atractiva.

Creo que el motivo por el que la autoadoración puede cobrar forma en la mente de un seductor exitoso con relativa facilidad, atisbos de narcisismo mucho más frecuente que en cualquier otra disciplina, nace de la general aceptación social y subliminal de que el valor personal de un hombre se extrapola directamente de su éxito con las mujeres.
Así, si tú tienes éxito y, además, reconocimiento y validación ajena, nace en ti un incipiente sentimiento de autoadoración disfrazado de autoestima, pero con un componente autodestructivo y bastante tiránico a menudo difícil de localizar o desenmascarar.
¿Estoy pecando de paranoico? ¿Es la natural necesidad dramática del ego humano la que me lleva a buscar desajustes donde solo cabe disfrutar? No lo creo.
Sin ir más lejos, hace apenas una semana tuve el placer de coincidir con viejos amigos a los que veo mucho menos de lo que me gustaría. Uno de ellos, se apresuró a contarme orgulloso que se había acostado con una chica animado por la embriaguez, ¿pero cuando fue la última vez? ¿Hace cinco o seis meses?
Otro, nada más llegar decidió narrarme acuciado como había mantenido una interacción con una chica “pibón” –como él la designaba– supongo regodeándose en su propia valentía necesaria para abordarla y, presumo, la destreza para lograr prolongar algo la conversación. Simplemente había hablado con ella, ¡oh proeza!
No les conté que tengo dos novias preciosas, no les hablé de mi fiuno de la semana pasada ni opté por relatarles ninguno de los cierres y aventuras que hubiera cosechado a lo largo de estos últimos meses… Pero confieso que fue una tentación importante.

Los hombres se refieren a sus éxitos con el sexo opuesto a modo de tarjeta de presentación, anécdotas que todos estamos deseando contar porque nos validan, especialmente si somos seductores con un sentimiento de autoadoración cada vez más inflado.
¿Tienes tendencia a hablar de ti mismo? Cuando realizas un cierre, ¿sientes un imperioso deseo de contarlo? ¿De correr a los foros y escribir tu reporte de campo? ¿De que todo el mundo lo sepa?
Esto se corresponde con un comportamiento en cierta medida histriónico del que todos solemos pecar, pero claro, si tengo tanto éxito con mujeres embelesadoras y llamativas, es que debo ser genial y por tanto admirable.
Amigos míos, bajémonos de la parra.
No soy ni mejor ni peor por el hecho de conquistar a una mujer, por muy bonita que esta sea. Sin embargo, es natural que si estoy dedicando mis esfuerzos a crecer y perfeccionarme en el manejo de esta disciplina, las artes de la seducción, sea capaz de progresar y cosechar resultados cada vez mayores. Lógico, puesto que estoy volcando en ello tiempo, esfuerzo y entusiasmo.
Lo que parece diferenciarme de la mayoría de los hombres no es sino que estos desconocen que las habilidades precisas para conquistar a una fémina son entrenables, o no cuentan con el coraje necesario para atreverse a descubrirse a sí mismos como torpes en este ámbito que es taaaaaaaan importante para revindicarnos como tíos socialmente valiosos y aceptados. Pero claro, lanzarse al ruedo a ponernos a prueba y desarrollar nuestros talentos implica sucesivas caídas, poniendo en evidencia la ineptitud del practicante, algo que el orgullo masculino no siempre está dispuesto a aceptar.
Supongo que esto es lo ÚNICO que te hace grandioso –y no es poco–, amigo seductor. Pero si practico y entreno, es lógico que las pericias objeto de mis ensayos experimenten un evidente desarrollo.

Quizás solo los más experimentados, aquellos que le han visto las orejas al lobo de la autoadoración, sean capaces de identificar dicho sentimiento o empatizar con las situaciones que describo.
Por otra parte, muchos de aquellos que se inician en el mundo de la seducción lo hacen en busca precisamente de la autoadoración, a menudo el paso que sigue a la identificación como Artista Venusiano ¿Por qué? Porque lo confundimos con una profunda autoestima, pero mientras que esta última consiste en la aceptación de uno mismo e implica quererse y valorarse con la correspondiente comodidad y seguridad, la autoadoración funciona como un cuchillo de doble filo; cuanto más infles tu propio sentido de narcisismo, más te limitará de cara a correr un riesgo –con la correspondiente posibilidad de decepcionarte a ti mismo– y más validación y atención necesitarás del exterior.
“Tengo que cerrar”, “tengo que ser el centro de atención del grupo”, “tengo que ser reconocido” ¿Os suena a alguno?
Para aquellos que dan sus primeros pasos por estos caminos tan fascinantes y enriquecedores, sabed que el mundo de la seducción os servirá para desarrollar vuestras habilidades sociales y percepciones, ayudaros a desviar la atención hacia el crecimiento personal y valores internos como autoestima, confianza, visión positiva del mundo y todo aquello que llamamos Juego Interno, y, principalmente, os permitirá disfrutar de ELLAS incondicionalmente. Si por el contrario o a pesar de ello lo que buscáis es la adoración y autoadoración que os fue negada en el pasado, os invito a que lo reconsideréis.

Dejarse llevar e incluso perseguir cierto nivel de narcisismo conlleva varios inconvenientes nada deseables. Entre otros se encuentra un implacable sentimiento de importancia y lógica expectativa de ser admirados, concepción de ser únicos –acompañado por la creencia de que solo se puede ser comprendido por gente del mismo nivel–, arrogancia y pretensión que justifica el cotizado trato de favor, fantasías de poder, éxito y genialidad, así como envidia hacia los demás –o la creencia de que se es envidiado– nacida de una gran competitividad.
De hecho, el narcisismo es un trastorno descrito en psicología que afecta al 1% de la población (más frecuente en varones), a menudo acompañado en parte por el trastorno histriónico, que implica incomodidad en aquellas situaciones en que el sujeto no es el centro de atención y un comportamiento provocador o seductor inapropiado (teniendo en cuenta el tema que nos ocupa, es curioso que se utilice esta palabra para describir los signos, ¿verdad?).
¡Por favor que nadie me malinterprete! No quiero decir que todos los que nos adentramos en este mundillo acabemos enloqueciendo, al contrario, abogo por la mejora interna y personal de la mano del desarrollo de nuestras habilidades más técnicas. Es por esto que deseo levantar una pequeña señal de peligro, si comienzan a surgir frustraciones e incomodidades coexistentes a tus éxitos reales, cuidado con los matices de la autoadoración y sus condicionantes.
Además, el hecho de considerarnos un maestro nos aleja de la mejora personal al provocar que nos cerremos al aprendizaje. Si nunca admito o acepto una crítica u observación, puesto que tengo la completa certeza de que lo que hago está siendo realizado con absoluta maestría, me habré estancado y sellado las puertas de mi propio desarrollo. No tiene nada que ver con ser influenciable.
En mi caso, nunca he dejado de ser un aprendiz, y espero no dejar de serlo jamás. Recordádmelo si alguna vez lo olvido.

El fin de semana pasado tuve el placer de regresar nuevamente a esa sala que es para mí un templo personal, puesto que reúne todas las condiciones que busco en un local de ocio nocturno.
No tardó en llamar mi atención una preciosa rubia de corta estatura, ataviada con una sugerente minifalda y una blusa tan escotada que convertía a aquella chica en sinónimo de voluptuosidad. Esta pertenecía a un enorme grupo compuesto por dos chicas más y alrededor de siete hombres, los cuales, se turnaban de manera ininterrumpida para hacer comentarios al oído de la que ya se había convertido en mi objetivo de aquella noche. Daba la sensación de que estuvieran compitiendo los unos con los otros, amparados por esa máscara de “somos amigos” que les otorga seguridad para tantear el terreno sin exponerse. Sin embargo resultaba tan, evidente…
Esperé unos minutos aguardando un lapso en el que ninguno de esos chicos estuviera reclamando la atención de la guapísima rubia, no deseaba interrumpir una conversación y complicar mi propia apertura con la inclusión de un magueo. Quiero que mis abordajes sean lo más cómodo posible para la chica. Pronto, tuve mi oportunidad…
Siguiendo el que es ya mi protocolo habitual, La Rueda de Henky comenzó a girar y la interacción parecía avanzar viento en popa pese a la cantidad de barreras y tests de congruencia que aquella mujer blandía.
Como particularidad, os diré que esta fémina alberga en sí un importante rencor hacia el género masculino en general por motivos que no vienen al caso en absoluto, lo cual me permitió aparecer a sus ojos como un tipo verdaderamente diferente y especial. Sin embargo, entre sus reglas dogmáticas e inquebrantables se encontraba no besar jamás a un hombre la misma noche que lo ha conocido.
Me mostré reacio ante su petición de guardar mi número de teléfono. Frente a esta actitud por mi parte, comenzó a cualificarme de lo lindo enumerando todas mis virtudes y regalándome un jugoso elenco de halagos; en verdad aquella preciosidad tenía muchos deseos de que volviéramos a vernos, únicamente necesitaba pagar su tributo a ese factor fulana tan incómodo para muchas. Cedí y nos despedimos (hacía más de una hora que yo debía haberme marchado).

El lunes recibí su primera llamada, y no respondí al teléfono.
¿Por qué? Pues porque después de haberla conocido intuía en ella una peligrosa predisposición al drama que, como REM, no tardaría en aparecer.
Sin embargo, me sentí bastante liviano al desprenderme de esa extraña sensación que me dice que debo aprovechar el sólido Juego que realicé para acostarme con otra chica de tamaño atractivo, de añadir otro triunfo a mi historia, a esa supuesta identidad de seductor.
Recibí dos llamadas más, pero no contesté ninguna. A menudo hago encomio del interés genuino y condicionado como método de seducción, y esto implica que, cuando una actitud no es del todo de tu agrado, descalifiques a la mujer que la ostenta por muy turgentes y apetecibles que se nos antojen sus curvas; esto es el Arte de la Cualificación, y para que de verdad funcione, debe ser AUTÉNTICO.
No existe nada que nos conmine a reafirmar nuestro sentido de autoadoración, y no hay mejor ejercicio para escapar al anhelo de validación, no de una chica sino del mundo, que descalificar a una mujer francamente atractiva [quizás te sorprenda Mr.Bitches pero, si me lees, quiero que sepas que esto lo he aprendido en gran parte de ti, amigo mío]
Si me dedico a adorar a Henky “el francotirador” debido a su efectividad, el día que abra dos o tres sets seguidos sin obtener un cierre me sentiré verdaderamente frustrado.


Vaya, he vuelto a hacerlo. A veces me pongo a golpear los botones de mi viejo teclado y, cuando quiero darme cuenta, ya he vomitado otra sarta de insensateces.
Gracias a todo aquel que haya leído el artículo entero. A vosotros os diré que la autoadoración y las etiquetas están ahí; recomiendo que os libréis de ellas, son amantes traicioneros.

Un abrazo

martes, 4 de noviembre de 2008

Una analogía sobre la constancia

.
UNA ANALOGÍA SOBRE LA CONSTANCIA
.

Hace algún tiempo publiqué un artículo titulado Constancia: Seguro de Éxito que, para mi satisfacción, tuvo un contundente efecto a la hora de motivar y animar a quien por aquel entonces decidió leerlo.
Como trataba de transmitir en aquel texto, la perspectiva de que, manteniéndote en el camino y avanzando inexorablemente, aún cuando este se vuelva escabroso y difícil, siempre acabarás por llegar hasta tu objetivo, nos confiere esa seguridad que relaja nuestras psiques al tiempo que insufla en nuestros corazones cansados un aliento renovado.
No importa cuantas veces caigamos, siempre que seamos capaces de alzarnos nuevamente y reanudar la marcha. Aún exentos de virtud alguna que pueda suponernos una ventaja, únicamente a través de la decisión y la constancia lograremos aquello que nos propongamos, antes o después, pero llegará con toda seguridad.

No hace mucho mantenía una interesante charla con un conocido que nada tiene que ver con las artes de la seducción.
Este, como yo firme creyente en el poder que otorga la intención, cuenta entre sus talentos con dos de las mayores virtudes que a mi modo de ver un hombre puede albergar: decisión y valor en sus proyectos, y constancia para llevarlos a término.
Departiendo animadamente frente a la parada de autobuses, veíamos llegar y marcharse los largos vehículos rojos uno tras otro, dejándolos ir a fin de conceder al interesante debate un último puñado de minutos.
Entre los anhelos de mi contertulio estaba la independencia económica –no me cabe la más mínima duda de que lo conseguirá muy pronto–, en mi caso, es la búsqueda de la independencia emocional lo que me preocupa, un estado de ánimo y confianza independiente del exterior y su naturaleza cíclica.
Hablábamos de diversas perspectivas, del tiempo y el ahora, de una filosofía válida con la que afrontar la vida. A lo largo de nuestra conversación, aquel chico me regaló una analogía tremendamente gráfica y, para mí, reveladora.
Tal es la naturaleza de las metáforas. Creo que, de alguna manera, al estimular nuestra imaginación, necesaria para la evocación de la historia, logra una conexión empática con sus protagonistas artífice de esa esclarecedora lección que queda grabada en nuestra cabeza de forma mucho más profunda que la lograda a través de una larga y tediosa disertación.
El paralelismo era más o menos así:

Con motivo de las fiestas navideñas, la popular Plaza Mayor madrileña se encuentra completamente atestada de gente.
Mientras tu mujer dispone todo lo necesario para la comida del mediodía, incluyendo la preparación de un delicioso guiso, tú disfrutas del ajetreado ambiente que se vive en aquella plaza, sumergido en un mar de cuerpos junto a tu pequeña hija de apenas seis años. Sin embargo, el caprichoso azar provoca que, aturdido entre la muchedumbre, pierdas de vista a la chiquilla… ¡Oh infortunio!
Desesperado, te abres paso a través el gentío sumido en la búsqueda infructuosa de aquel diminuto cuerpo infantil, difícil de localizar entre las miles de personas que atestan la Plaza Mayor celebrando las natividades.
Continúas tu rastreo, aquí y allá, preguntando incluso a algunos viandantes por si hubieran visto a tu querida y desamparada hija… Finalmente, pasadas un par de horas, abandonas el zoco y, con él, la búsqueda.
Sorprendido, uno de los hombres a los que preguntaras increpa tal comportamiento viendo incrédulo como tu figura se aleja con la tranquilidad de espíritu que otorga la rendición “¿Eso es todo, no va usted a seguir buscando a su hija?” pregunta.
Lo has intentado. Has buscado lo que querías, has hablado con diversas personas para tratar de conseguirlo y has dedicado parte de tu tiempo a tales pesquisas, pero no ha sido suficiente. Pese a tu intento has fracasado, te rindes… Absurdo, ¿no es cierto?
Si tu hija se extravía en un lugar abarrotado dedicarás todos tus esfuerzos a su búsqueda, y no abandonarás el lugar hasta que la hayas encontrado. Hablarás con tantas personas como sea necesario; quizás una de ellas te diga que ha subido a un coche marchándose en una determinada dirección, ¿no tienes dinero para un taxi? Eso no te detendrá, conseguirás el efectivo necesario de alguna manera y continuarás el rastreo de tu pequeña, pero no te rendirás NUNCA. Dar por perdida a la niña no es una opción, harás lo que tengas que hacer.

Este último proceder resulta más lógico, ¿no es así? Sin embargo, la gente opta por la primera actitud constantemente.
Haberlo intentado parece reforzar la idea de que los anhelos en cuestión se escapan a nuestras humildes posibilidades, pues la tentativa infructuosa que lleváramos a cabo es prueba de ello. Saber que somos incapaces de algo relaja nuestros espíritus por naturaleza inquietos y, de la misma manera, nos abandona al impulso de la mediocridad, ¿pero qué vamos a hacerle si ya lo hemos intentando?
Claro que NO, intentarlo no es suficiente, lo que debemos hacer es lograr nuestros objetivos. Nadie dijo que fuera fácil ni rápido, pensar de esta manera sería una ingenuidad, sin embargo, a mi modo de ver, cuando algo nos merece la pena tendremos que afrontar la marcha con todas sus consecuencias, y no tirar la toalla ante el primer tropiezo doloroso o el primer accidente escabroso que se presente en mitad del camino entorpeciendo nuestros avances.
Como cuando una hija se nos pierde en plena Plaza Mayor abarrotada, el fracaso definitivo no es una opción.

Si somos constantes, el éxito de nuestra empresa estará asegurado en el tiempo. Pero, ¿a qué precio?
Mi admirado Dale Carnegie recomienda que, como un disciplinado jugador de casino, debemos poner un “tope de pérdida” a nuestras preocupaciones. Esto, aplicado a un plan o proyecto, quiere decir que haremos bien en partir con una idea clara de lo que estaremos dispuestos a padecer o soportar para completarlo; dicho de otra manera, el precio máximo que consentiremos en pagar.
Así como el buen jugador se retira de la ruleta cuando ha perdido cierta cantidad fijada de antemano –al margen de apreciaciones subjetivas sobre el momento idóneo para apostar o los giros de su propia suerte– es posible que los derroteros que conducen hasta nuestros objetivos sean demasiado accidentados y ladinos como para merecer la pena. Si piensas eso, fin de la historia, tomada tu decisión ya no existe cabida para las preocupaciones; sin embargo, mientras dicho tope de pérdida aún no haya sido rebasado, no existe excusa para detenerse o lamentarse. Sigue avanzando frente a las inclemencias o, si estas se te antojan intolerables, apártate del camino, pero no destruyas tus ánimos deteniéndote en plena ventisca para maldecir tu suerte a causa la cortina de agua que dificulta tu marcha. Haberlo intentado solo es una excusa que justifica arrojar la toalla cuando los contras alcanzan ese listón que, para nosotros, supera los jugosos regalos que nos aguardan al final de este trazado.

Es aquí donde encontramos los dos parámetros determinantes del potencial que conducirá al éxito del individuo destacado, ambición y valor, raras perlas que personalmente gustaría mucho de poder contar entre mis haberes.
Resulta curioso cómo, sin ningún pudor, me dispongo ahora a poner en entredicho la supuesta sabiduría dogmática que se les atribuye a ese conjunto de enseñanzas dotadas de rima que siempre hemos considerado como fuente de poderosas verdades: los refranes populares, tan alegremente blandidos por el colectivo más redicho.
Más vale pájaro en mano que ciento volando”, es una invitación a la resignación que nos insta a no arriesgar nada en pos de nuestras aspiraciones, apología de la cobardía y la necesidad. En el argot particular del seductor, este aforismo viene a pretender que quedemos confinados en la archiconocida y renombrada, aunque pocas veces enfrentada, zona de confort.
La avaricia rompe el saco”. “Avaricia” es una palabra acompañada por una intensa carga negativa asociada a la mezquindad y el egoísmo (sospecho, placebo para obtener una comparación positiva que calme nuestros egos frente a alguien más rico que nosotros, y no estoy hablando necesariamente de dinero); sin embargo, probemos a sustituir dicho término por “ambición”, mucho más higiénico y vinculado a los anhelos esperanzadores, que sin embargo figura como sinónimo del término anterior en el diccionario ¿Es peligroso o detestable ser ambicioso? Siempre que no nos carguemos de expectativas peligrosas ni construyamos una identidad egótica alrededor de nuestros logros -¿eres de esos que tienen una necesidad imperiosa por contar sus triunfos a todo el mundo?-, ese inconformismo y natural deseo de mejora es el que diferencia a las personas excepcionales y grandiosas de los mediocres que conformamos el grueso de la población.
Mi admiración para quien tenga el valor de liberar su pájaro con intención de aferrar cien más, y para todo aquel que llene hasta rebosar su saco de ilusiones cumplidas.
Esto, apunto, no está reñido con la aceptación (condición necesaria y suficiente en sí misma para la felicidad del hombre), pues el deseo sin expectativa no implica dolor ni sufrimiento.

¿Por qué tratamos de convencernos de que resulta más provechoso confundirnos entre la medianía y el adocenamiento que arriesgarnos a cometer nuestros propios errores?
Todos conocemos la respuesta: el temor a destacar negativamente como “peores que” o especialmente torpes e ineptos. Y si, es cierto que serán precisas grandes dosis de valentía para ser capaz de apartar el ego propio y exponerse al tropiezo asegurado en los primeros pasos. Quizás los que os miran desde la grada, inmóviles en sus anodinas butacas, puedan reírse y gusten de compararse con vosotros, pero os levantaréis y continuaréis avanzando… Pronto, aquellos os verán en la lejanía de la cumbre que habéis conseguido escalar con constancia y su perspectiva cambiará ¿Criticas? Las críticas son halagos ocultos, pues nadie intenta desprestigiar a quien no merece atención, otra enseñanza del brillante Dale Carnegie.
Cuando leí por vez primera las palabras de Friedrich Nietzsche, “eso que no nos mata, nos hace más fuerte”, estas quedaron grabadas en mi mente confundida y, aún hoy, reverberan a diario en mis oídos invitándome a la acción y acallando al ego, temeroso ante el riesgo y la pérdida de la compostura, preocupado siempre por las opiniones ajenas.

En definitiva. Fijado un objetivo, no concibamos la derrota como una posibilidad, pues solo competimos con nosotros mismos cuando andamos en pos de la mejora personal.
Recurriré nuevamente ahora a un símil meteorológico, pues resulta innegable que las enseñanzas que se nos ofrecen implícitas en historias o alusiones gráficas quedan grabadas con mayor tino en nuestras psiques.
La naturaleza de todo es crecer para luego marchitarse y morir, así ocurrirá siempre, pues la noche sigue al día y, del mismo modo, el día sigue a la noche. Con esto quiero decir que, cuando las cosas vayan mal, alégrate considerándolo como promesa irrefutable de que todo va a mejorar, forjadas las cenizas que abonan un nuevo florecimiento.
“Bueno” y “malo” son solo palabras (me encanta el término usado por los economistas, “crecimiento negativo”, para designar una etapa de pérdidas). Por tanto, como repitiera el actor Brandon Lee (interpretando al personaje Eric Draven) en uno de los largometrajes de El Cuervo: “no llueve eternamente”.
Recordémoslo cuando las nubes tormentosas oscurezcan el cielo y los truenos auguren un buen chaparrón… No llueve eternamente…

Nada en el mundo sustituye a la constancia.

El talento no la sustituye, pues nada es más corriente que los inteligentes frustrados.

El genio tampoco, ya que resulta tópico el caso de los genios ignorados.

Ni siquiera la educación sustituye a la constancia, pues el mundo está lleno de fracasados bien educados.

Solamente la constancia y la decisión lo consiguen todo.